Ser tejedora en Amaicha del valle

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Ser tejedora en Amaicha del valle

Ovillos de lana teñidos con cáscara de cebollas | Foto: A. Labadie

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” En Iguazú hay una comunidad indigena hermosa” me dice una señora en el aeropuerto de San Miguel de Tucuman, cuando emprendo el viaje de vuelta a Buenos Aires, “te reciben descalzos, van medio desnudos, no como los que ves acá… “Me quedo silenciosa. Esta señora me recuerda que los clichés sobre los ” indios” siguen vigentes y profundamente arraigados en el imaginario colectivo. No digo nada. Lo que conocí de Amaicha del Valle, un pueblo de la provincia de Tucumán, acaba de sacudir todos mis prejuicios. Vivir en Buenos Aires es, de cierta manera, como vivir en una burbuja.

Obvio en Amaicha la gente lleva zapatillas, lleva jeans, y sombreros anchos tipo Indiana Jones, incluso algunos con un paño sobre la nuca como los de los arqueólogos anglosajones explorando el desierto. Hay conexión internet, hay motos y 4 x4, hay bailantas que hacen publicidad con un auto y unos parlantes paseando por las calles. Pero también, en Amaicha cada año, en lugar de la mujer más linda, se elige a la “Pachamama“, la anciana más sabia que será la guardiana de los valores espirituales de la comunidad. Las autoridades locales son un cacique y un consejo de ancianos, compuesto de hombres y mujeres. El cacique actual no llega a los 50 años. Una excepción: no alcanzó las 7 etapas de la vida para ejercer su cargo como lo estipula la regla ancestral, pero es abogado, especialista en los derechos de los pueblos originarios. Trabajó en EEUU y en Suiza antes de volver a su tierra natal. En Amaicha, existe una escuela de gobernanza indígena, donde se forman responsables de comunidades indígenas de todo el país.

En Amaicha se reflexiona sobre lo que es ser diaguita en pleno siglo XXI

En Amaicha se reflexiona sobre lo que es ser diaguita en pleno siglo XXI, se eligió la vía de la apertura al mundo y se elaboraron algunas soluciones. Una de ellas es reconectar con las tradiciones, especialmente con las formas de gestión comunitaria, un formato ancestral que resuelve cuestiones de una sorprente vigencia hoy día. Otra es valorar las producciones de los habitantes de manera a limitar el éxodo de lo jóvenes hacía las ciudades. En eso, la apertura al turismo es fundamental. Por ejemplo, se gestionan de forma compartida una bodega de vino, el acceso a una cascada, la Cascada del Remate, incluyendo un guía que vela a la seguridad de los visitantes en este paraiso escondido entre las rocas, y una cooperativa de artesanías. La ruta del artesano, que permite visitar los talleres es un proyecto ya implementado en Tafí del valle y que empezó hace poco en Amaicha. Así es como conocí a Yolanda.

Trama y urdimbre

La computadora está en un rincón de la pieza, y en cuánto me percaté de su presencia, no pude quitarle un ojo de encima. La sala no es muy grande, queda afuera de la casa donde vive la familia. La mayor superficie la ocupa el telar, un enorme estructura de la altura de un hombre, a penas si Yolanda alcanza los extremos abriendo los brazos. Mi mirada vuelve una y otra vez sobre la pantalla, escondida entre ovillos y madejas. Este último es para mí una maraña de hilos verticales y horizontales. Para Yolanda, es perfectamente inteligible, ella se ubica sin dificultad en la geografía del tejido.

Para Yolanda,  todo es perfectamente inteligible, ella se ubica sin dificultad en la geografía del tejido.

Pasa sus manos entre las hileras. Maneja una palanca con el pie, jala un palo de madera transversal de un gesto rápido y preciso… y listo, una hilera más a su trabajo! Bajo sus dedos expertos nace la tela, nace un dibujo abigarrado. Parece increíble que esta mujer manipula un aparato tan grande con tanta soltura. En una pared de su taller, cuelga un tapiz enorme de colores. Yolanda se rie de mi asombro. Le explico que yo tejo a crochet y que con una aguja y un hilo ya me parece suficiente como para seguir correctamente un modelo. Unos días después, cerca del telar de la cooperativa de artesanos le pregunto lo mismo a Ángela, que resulta ser la hermana de Yolanda. Hablé tanto con ella que me olvidé de sacar una foto de estas lineas complejas y multicolores que me hicieron acercarme a su labor. Para obtener ciertas formas, hay que subir o bajar un pedal y no equivocarse en el orden de los gestos. Esto es lo que indica el patrón.

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Tejer es asunto de familia

” Este color está hecho con cáscaras de cebolla,  me explica Yolanda

– ¿La misma con la que cocinamos?  Pregunto ingenuamente.

¿Entonces lo puedo probar en mi casa? “

Me quedo observando un rato largo los ovillos, seguro Yolanda se divierte mirándome. Tejer es asunto de familia. “Eso me enseño mi mamá. Desde muy chiquita, la ayudaba a hilvanar.” ¿Cuánto tiempo se tarda en hacer un poncho? En eso, las dos hermanas coinciden. Tarda semanas, se va haciendo a los ratos libres y se termina cuando se termina. Lo más largo en realidad es todo el trabajo previo para armar el telar. “Es que nosotros no manejamos el tiempo como en la ciudad, como allá en Buenos Aires.”  Yolanda trabaja en una escuela primaria a la mañana, a la tarde está en el taller y recibe a los visitantes. “Estoy por jubilarme y voy tener tiempo para dedicarme por completo a tejer. ” Al salir, nos deja un folleto turístico de la ruta del artesano. ” Difunden , dice,  estamos haciendo una prueba piloto con eso de recibir la gente en el taller.

– Y no le molesta?

-No, como me va a molestar? Así conozco mucha gente y puedo vender mis tejidos. “

En la entrada de su casa, hay una cesta llena de membrillos recién cosechados. Con este verano lluvioso, se marchitaron más de lo normal. Ahora le toca hacer dulce antes de que se echen a perder. Seguro que Yolanda no se va a aburrir una vez jubilada.

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Para saber más sobre el pueblo de Amaicha y la naturaleza vean esta crónica:

Amaicha del Valle, donde conviven el silencio y la naturaleza

Fotos : A.Labadie