Bailé chacarera en un patio de Santiago del Estero

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Bailé chacarera en un patio de Santiago del Estero

El patio de la Familia Carabajal es un lugar emblemático para bailar chacarera. | Foto : Mate & Colibrí

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” No hay nada en Santiago del Estero”, me habían dicho algunos porteños, sorprendidos por mi decisión de viajar a este ciudad del Norte de Argentina. Así que llegando a destino y bajando del micro, me preguntaba si realmente había sido buena idea ceder a este capricho de conocer la cuna de la chacarera. Ya todo empezaba mal. En Buenos Aires, el bus había salido desde otra plataforma que la anunciada y tuve que tomar el siguiente. Ahora que llegaba tarde a Santiago pensaba que tal vez esta gente tenía razón. Santiago del Estero es una ciudad del interior como las demás, con siesta a la tarde, polvo en los caminos y tonadita melódica en la voz de sus habitantes.

Mi llegada a Santiago del Estero

En lugar del calor extremo que todos me prometían, pronosticaban tormentas para todo el fin de semana. De hecho, en el puesto de información turística me anunciaban que por esa razón se había cancelado el festival de la Salamanca, motivo principal de mi visita. Sinceramente, no sabía porque me había metido en este lío, con lo bien que estaba yo en mi casa en Buenos Aires, tomando clase de folklore una vez a la semana y practicando sola en mi terraza. Pero ahora ya no había vuelta atrás. Me encerré un rato en el baño de la estación para dejarme tiempo de asimilar la noticia. Tomé unas respiraciones profundas antes de salir y abrirme camino entre la fila de las mujeres que esperaban. Me acerqué a las piletas para refrescarme la cara. Me miré a los ojos en el reflejo del espejo, un buen rato, como un pequeño ritual para conjurar el miedo a lo desconocido. Agarré la mochila, me la acomodé en la espalda y salí a la calle con paso decidido.

Era la 5 de la tarde y la siesta no había terminado aún. A medida que avanzaba, sentía que llevaba el ritmo acelerado de la capital, que poco a poco tenía que bajar la velocidad. Flotaba por estas veredas casi desiertas un aire de tranquilidad contagiosa. Llegué a la plaza Libertad vacía y me cobijé bajo una glicina para comer un sándwich. El resto de la tarde seguí recorriendo las calles, ansiosa de saber lo que me esperaba acá. Pero ni por las capillas tan prolijas de la catedral ni por la sala de exposiciones del Centro Cultural del Bicentenario encontré la respuesta a mi pregunta. Todavía no había llegado la hora. Pronto oscureció y aparecieron las primeras estrellas. En la plaza Libertad ahora repleta de gente, se encendían los grillos. Unos grillos extraños, con un canto fuerte y continúo, que daban un tono surrealista a esta primera noche santiagueña.

Al día siguiente, cuando amanecí, una cortina de lluvia intensa se abatía sobre la ciudad. Para colmo, Adriana, mi anfitriona, por muy santiagueña que fuera, no era muy aficionada al mundo del folklore. Ella, desesperada, también me repetía: ” Pero ¿qué vamos a poder hacer este finde? ¡No hay nada para hacer en Santiago! ” Por suerte a la tarde, el cielo se despejó. Y yo la llevé a la casa de la abuela Carabajal.

 

El patio de la abuela Carabajal

Cuando hace unos años tomé la decisión interior de viajar a Santiago, creo que fue el día que me enteré de la existencia de este lugar: una casa de familia, donde se sigue celebrando el cumpleaños de la abuela fallecida, hoy una fiesta infaltable para los amantes del folklore. Mientras Adriana terminaba de estacionar el auto, e intrigada, miraba por la ventanilla esta casa que no conocía, yo en la vereda, me acercaba a la puerta con mucha emoción. Retenía el aliento, consciente de estar a punto de entrar a un lugar muy especial, una especie de templo del folklore. Una vez instalada en una mesa, y con un par de empanadas en la mano, recién observar tranquilamente todo lo me rodeaba. Nada de la solemnidad o de la grandilocuencia de las grandes catedrales: dos inmensos chañares cómo única cúpula, un terraza techada y las sillas plegables de cualquier juntada de domingo. Frente a la galería, un escenario armado entre flores de Santa Rita. Y sobre todo, el patio de tierra.

Acá, en la ciudad de la Banda, a 8 kilómetros de Santiago del Estero, muchas casas tienen un patio así. Es donde se organiza la vida familiar y donde los vecinos se juntan el domingo a tocar y a bailar. Acá, entre las familias de músicos bandeños, las guitarreadas son parte de la vida cotidiana. Por eso, sabía que no tenía que dejarme engañar por esta aparente sencillez: bailar pisando la tierra del patio es un medio de comunicación con otra dimensión de la realidad. En la provincia de Santiago, más que en cualquier otro lugar, la música expresa una relación profunda con la Tierra. La chacarera invoca la tierra de Santiago, el pago como se dice acá, con un ritmo tan seco como el paisaje, con un baile que despierta una alegría intensa y compartida. Hacía tiempo que yo tenía esta extraña intuición, y lo iba a entender los días siguientes. Por eso, no sabía por qué, pero antes de volver a Francia, tenía que ir a Santiago. Y acá estaba, en la casa de la abuela María Luisa, madre de 12 varones, que engendró de una verdadera dinastía de músicos. Los Carabajal son varias generaciones de artistas, cuya fama traspasó las fronteras de su provincia.

Con los Carabajal, se aprende a vencer la timidez

Precisamente el animador, un señor grandote que va paseando por el predio con el micrófono en la mano, también es un Carabajal. De hecho, todos los que atienden acá son de

esta misma familia. Son tantos – más de 300 descendientes de la abuela – que parece que si levantas una piedra, aparece uno… Con una voz potente, el señor del micrófono va presentando los artistas que suben al escenario. Todo es bastante informal. Algunos músicos son muy jóvenes, apenas adolescentes, otro vienen de provincias vecinas, otros son de la “capital.” – Es decir que cruzaron el río que separa la Banda y la ciudad de Santiago, porque para la gente acá, vivir de un lado u otro del Río Dulce, el Mishki Mayu, no es exactamente lo mismo.

-¿De donde vienen ustedes? – pregunta el animador al público.
Son las 3 de la tarde, hora de la siesta, no hay mucha gente todavía. La mayoría es de acá, del barrio. Me siento un poco incómoda: es como si me hubiera metido en una reunión de vecinos a la que no estaba convidada. Adriana, bandeña, se encuentra muy relajada a pesar de no conocer este patio. Ella añade a mi confusión cuando le hace seña al señor: “Acá hay una chica de Francia “, apuntándome con el dedo. El tipo se acerca, encantado.

– Aaah ¡una francesa! Y ¿cómo te llamas ?

Se hace un silencio total entre los presentes. Siento el peso de las miradas. Escucho el temblor de mi propia voz desde el altavoz del escenario. Voy contestando las preguntas de manera breve, pero él sigue acercándome el micrófono, improvisando una entrevista.  Y ¿por qué viniste acá? Ah, ¿te gusta la chacarera?

” Ella quiere bailar ” repite alzando la voz y mirando al público. Necesita un profesor. “

Ya tengo las mejillas en fuego. Seguro me estoy poniendo colorada. Y añade para mí con un tono confidencial y cómplice: “No te preocupes, yo te consigo alguien, te va a enseñar.”  Ya no habla tan alto y me relajo un poco. Pero viendo a un chico que está pasando al fondo, del lado de la barra, pega un nuevo grito, que va resonando en todo el patio.

” Carlitos, Carlitos! “

 El chico se detiene, con su vaso vacío en la mano.

  ” ¡Vení! ¡Vení ! “

Carlitos se acerca con confianza, se deja poner una mano sobre el hombro.

” Vos luego tenés que bailar con esta señorita
– Dale… – Está un poco incómodo, lo agarramos a punto de ir a comprar una cerveza – Sí, sí, después… ¿Dale? – Y se va apurado, tan rápido cómo llegó.

 Por fin el animador se aleja de mí, porque Peteco está por subir al escenario.

 

Peteco, la estrella de la familia

 

Adriana insitió para sacarme un foto con Peteco Carabajal

 

Si bien muchos en la familia se dedican a la música, Peteco Carabajal es el más famoso en todo el país. Cuando el recital empieza, un hombre, animado por el alcohol y seguramente más atrevido que de costumbre, me pone la mano en el hombro. Puedo sentir su aliento cervecero en mi nuca y con una voz fuerte, para cubrir la música muy alta, me grita al oído :

” Francesa, escuchá bien… ‘cuchále a él, ‘cuchá la letra. Éste es un poeta, el más grande… “

Las sílabas patinan por su lengua : ” Primero, está Yupanquí y él es el segundo ¡ ‘Cuchá bien la letra! “

Y se aleja sin dejar de fijarme a los ojos, abriéndolos exageradamente, con el índex contra la oreja.

” ‘Cuchá, ‘cuchá bien “

Me río un poco de mi repentina celebridad y de lo gracioso de la situación. Pero reconozco no conocer mucho los temas de Peteco, y decido seguir atentamente su consejo. Y al rato… la p… madre, este hombre tiene razón. ¿Cómo es posible que una vez más las letras de chacarera parecen que me hablan a mí?

“Yo nunca elegí caminos porque no me fijo metas… Mejor que andar un camino que otros hayan inventado Es andar solo y sin rastro…Hay caminos que se juntan como los hay paralelos. Por si alguien me necesita los que se cruzan prefiero ” (Acá está el link para escuchar el tema)

Y eso que todavía no sabía todos los caminos que estaba a punto de cruzar en los próximas 48h…

 

Cuatro francesas en el patio

Judith, Isabelle y yo, tres francesas en el Patio Carabajal

Después de Peteco, tocan Pablo y Mariela, ambos de la nueva generación. La familia Carabajal parece no tener fin…
A la tardecita ya se empieza a llenar el patio. La gente trae sus reposeras, y se va acomodando debajo de los chañares. Como Carlitos desapareció y Adriana no sabe de chacarera, ella me empuja hacía los únicos que bailan, que no son santiagueños. Adriana, como un buen detective, tiene toda la información. La chica rubia en short y musculosa se llama Judith, es francesa pero vive en Bruselas. No sé porque pero inmediatamente me cae bien. Tal vez porque tiene esa delicadeza de hablarme en español delante de los demás para que no se sientan incómodos. Es la segunda vez que viene por Santiago, es su segundo festival de la Salamanca.  Ella trabaja en expresión corporal, baila hermoso y me va explicando la coreografía de la chacarera que nunca había practicado. Somos cuatro francesas por el patio. Seguramente las únicas extranjeras. Y las  cuatro francesas. Está Ambre la flautista, Isabelle que toma clase de folklore en París con Fede su pareja porteña, y Judith, con sus rulitos y sus ojos celestes. Judith ya lleva unas semanas acá. Sin saberlo, ella me va a iniciar a la vida de la Banda.

Sobre las 20h, mientras sigo la ronda con mis pasos torpes, se acerca Adriana para decirme que se va, que cualquier cosa la llamo al celular y me viene a buscar. La veo alejarse un poco preocupada: ¿Qué voy a hacer hasta el día siguiente? ¿Me atreveré a llamarla a las 2h o 3h de la mañana? Todavía no sabía que no tenía que preocuparme:  en Santiago, la verdadera fiesta empieza a partir de la medianoche. No me iba a aburrir hasta el día siguiente….

 

Ver también en Mate & Colibrí:

Mi historia de amor con la chacarera

Para saber más:

 

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