La buena educación y los desconocidos

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La buena educación y los desconocidos

Tiendas en Buenos Aires | Foto : A.Labadie

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Salgo de la tienda un poco aturdida. Trato de entender. No sé como pasó pero en menos de una hora acabo de contar mi vida a dos desconocidas, les dí un abrazo y una de ella me invitó a una fiesta para el sábado siguiente. Ni más ni menos. La vida en Argentina trae este tipo de sorpresa.

Había entrado por pura curiosidad, me llamaban la atención los vestidos de la vidriera, su estilo bohemio. La vendedora, una treintiañera de pelo rebelde está sola en el local minúsculo. Lleva el mismo pull over rojo del escaparate. Voy buscando en el perchero, estoy de espalda a la entrada, las manos paseando por los diferentes tejidos y escucho la puerta abrise. Saluda una voz femenina. La empleada contesta muy amablemente. Yo sigo metida entre los vestidos. Están muy caros. Tal vez las polleras sean más baratas, vamos a ver… Las dos mujeres conversan. La recién llegada es joyera y viene a presentar sus creaciones, pero no tiene éxito, parece que sus precios son demasiados altos. A pesar de ello, la charla sigue entre ellas. La artesana habla de las joyas, de los esmaltes que realiza ella misma, de los colores, del material necesesario y la otra se interesa, se entusiasma, le hace preguntas. Las faldas son tan caras como los vestidos, y realmente no son tan lindos.

” No voy mucho a Buenos Aires”
Escucho la conversación sin querer. No puedo evitarlo. La joyera dice que vive en Bariloche, en una casa en medio de los Andes. No quiero ser mal educada y fingo estar muy concentrada en las prendas. Según los parámetros de mi educación francesa, no es correcto interesarse por la vida de los demás, sobretodo si son perfectos deconocidos. Pero acá, meterse en una charla no se percibe de la misma manera, al contrario. Quizás para estas dos argentinas, soy fría y antipática por quedarme sin hablar. Pienso en todo esto mientras me acerco a ellas. Inmediatamente, estoy invitada en una larga charla sobre la vida en las montañas, la vida en la gran ciudad… Estamos las tres solas, la encargada trabó la puerta con llave por que casí es la hora de cierre. Son las 19h30 y parece que tenemos todo el tiempo del mundo por delante.

” Ay que lindo de Francia! Que hacés acá? ”
Las clásicas preguntas a las cuales estoy acostumbrada… Termino hablando del Pireneo, de yoga, de naturaleza.
La joyera de la educación de sus hijos, de su bebé de tres meses ya familiarizado con el aire del campo, de la vida cultural de la capital que le hace falta un poco. La vendedora cuenta los recitales de música que le gustan, un amigo suyo está armando una fiesta en un centro cultural. Quieren ir? A modo de despedida – porque si, en algún momento hubó que despedirse – abre los brazos y nos da dos besos a cada una. Una vez afuera la artista también me acerca la mejilla.

Las clásicas preguntas a las cuales estoy acostumbrada… Termino hablando del Pireneo, de yoga, de naturaleza.

Camino por la calle un poco deslumbrada y me apresuro por que ya es tarde. Sorprendida una vez más por la facilidad de las relaciones sociales en este país. Vivir en América del Sur me enseña a acoger la sencillez del momento, como los brownies del parque centenario, a simplificar mis modales, a modificar mi idea de buena educación, mi idea de distancia respetuosa. O tal vez no es Argentina, tal vez soy yo, más atenta a estos pequeños regalos del cotidiano. De todos modos, me pasa a menudo.

Lo más digno de recordar es aquel vuelo Buenos Aires Roma. Mi vecina de asiento era arquitecta. Porteña, cincuenta años, mucho estilo, pelo largo, aros enormes y tintineantes, jeans apretados en sus muslos fuertes. Compartimos las 14h de vuelo, el postre de la comida, la segunda frazada que no nos querían dar las azafatas, sus ganas de encontrar el gran amor, mis preguntas sobre la vida de pareja y su experiencia en el asunto (Che, porqué le estoy contando eso ahora?). En la aduana de Fiumicino: ciudadanos Europeos, ciudadanos no europeos, nuestros caminos se separaron. Ella me abrazó, parecíamos dos viejas amigas y seguíamos deseándonos suerte con un gesto de la mano, del otro lado de la barrera.

A veces hay momentos en los que te vas más contenta, más ligera, sin saber porqué. Hoy también me siento así, feliz, simplemente feliz, y me voy con este papelito en el bolsillo, el papelito con los datos de la fiesta del sábado.