El equilibrio entre el plástico y las verduras

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El equilibrio entre el plástico y las verduras

De vuelta de la verdulería... | Foto : A. Labadie

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Otra vez me miró de reojo. La empleada de la verdulería me va a agarrar manía.

La vieja detrás de mí está suspirando. Hay una cola inmensa y recién llegué a la caja después de una larga espera. Hasta ahora en la tienda auto-servicio, seguía las costumbres locales sin pensarlo mucho. Hasta que tomé consciencia que hay temas con los cuales no se puede negociar.

 

Un problema importante

Entonces hoy no, no quiero otra bolsita de plástico. La cajera me puede mirar con esta cara de sorpresa y imconprensión que suelen tomar todos cuando rechazo una bolsa de nylon. Parece que les estoy diciendo que no quiero algo muy moderno. Suelen insistir : Ah no ? Estás segura ? Si, estoy segura. Me invaden las bolsitas de plástico. En mi casa tengo una bolsa para bolsas en cada pieza. Las uso para la basura, las uso para congelar, las uso tanto como pueda… Y eso no basta, no consigo deshacerme de ellas. Entonces esta vez, tomé medidas. Llegué a la verdulería con un gran bolso de téxtil. Fuí metiendo dentro todas las frutas y las verduras. Y ahora las pongo en la balanza para que la cajera las pese categoría por categoría: los tomates, las papas, las zanahorias.

 

Una solución fuera de lo común

Tengo que reconocer que ésta no fue mi mejor idea. El último tomate va rondando y se cae debajo de la caja. Dos o tres papas también. Termino olvidándome de una zanahoria en el último momento.
Estoy un poco avergonzada. Son las 19h, entre semana, hora pico. No era el momento idóneo para empezar experiencias ambientalistas. La vecina atrás sigue rezongando.
” Tenemos que bajar el consumo de plástico, Señora. Protegemos la naturaleza” le contesto amablemente.
Para esta señora que rondará los 80 años, este concepto debe ser completamente insensato. Sigue refunfuñando y busca el apoyo de la cajera.
La empleada me mira a mí y increiblemente, toma mi defensa.
” Ella tiene razón, tendríamos que tener más cuidado ” reconoce y la otra se encoge de hombros.
Sin embargo, me disculpo ante la verdulera, no era mi intención complicarle su trabajo. Le prometo que la próxima vez encontraré otro método. La respuesta es amorosa:
“Si, por favor mi amor, sobretodo cuando hay mucha gente así.”

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Mi primer intento ambientalista, a contra corriente de las costumbres porteñas, no es muy concluyente. La semana siguiente, vuelvo allá a una hora más tranquila y la cajera me sonrie. Queda desconcertada por las soluciones insólitas que voy probando y se ríe por que al día de hoy sigo investigando sin lograr dejar del todo las bolsas de plástico. Pero consumo mucho menos, y ella no se enoja conmigo. Al contrario, creo que se encariñó conmigo, desde entonces me llama “mi amor”. El justo equilibrio.