El mudancero y su bólido

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El mudancero y su bólido

Típico camión de mudanza en Buenos Aires | Foto: A. Labadie

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El mudancero llegó 5 min tarde, y no piensa perder ni uno más. Es lunes, 8 de la mañana en el barrio porteño de Villa Crespo.

El mudancero mueve las cajas a patadas, transporta dos cartones a la vez en su panza, agarrándolas de una sola mano. Camina pecho adelante, da órdenes a su empleado y también a sus clientes. A cada uno de sus movimientos, se le cae el jogging que le deja ver la raya del culo. Abrió grande la puerta de la entrada y empuja los muebles en el rellano sin ninguna delicadeza. A su alrededor, los demás parecen abejitas moviéndose. Sus clientes contemplan impotentes como va desorganizando la casa. A pesar de la hora temprana, empieza a cantar a grito pelado un tema de los Redondos mientras manda el escritorio delante de la escalera, con una última patada. El mudancero es un verdadero profesional. Amontona en el minúsculo ascensor objetos de los más variados: la heladera, el colchón, la biblioteca. Suena su celular y se ve obligado en dejar la caja que estaba sosteniendo. Habla alto, elogia su camión. Mantiene el teléfono de la mano izquierda, pero no pudo dejar la derecha quieta: hace girar la heladera. “sí, sí es un F100 transformado en F350. Puede transportar hasta tres departamentos a la vez, incluso más si fuera necesario.” Sigue moviendo la heladera y a su cliente le cuesta seguirle el ritmo para ponerle el plástico de protección. “¿En dos horas en Palermo? Sí, puedo estar no hay problema.”

 

Camina pecho adelante, da órdenes a su empleado y también a sus clientes.

 

El mudancero arranca el F100 transformado en F350, enchufa el USB en la radio. Sus clientes y el gato se colaron a su lado. La cabina es espaciosa y  perfectamente ordenada, sin un gramo de polvo. A pesar de todo, están un poco apretados en el asiento del pasajero y mantienen el transportín del animal en el regazo. El empleado se fue atrás con los muebles. El mudancero maneja con gestos secos y precisos, manda aceleraciones nerviosas, mirando al retrovisor. Aumenta el volumen de la radio, el sonido invade todo el vehículo, el gato inquieto se mueve en su cesta. Él lo nota y asegura que no hay problema, está acostumbrado, ya hizo una mudanza con dos gatos durante más de veinte horas, hasta Neuquén capital. Al mudancero le gusta el rock, se sabe la playlist de memoria, y se pone a cantar, más alto todavía.

Afuera, a través del parabrisas, la vida de la calle parece pasar a cámara lenta, los garages de Warnes, los peatones bajo el sol de primavera. Una mujer está a punto de cruzar. El mudancero le dedica un bocinazo, y queda más pendiente de su reacción que del próximo cruce de calles. Maneja como si el camión fuera un pluma en el viento. Un ojo al retrovisor, un brusco volantazo, una aceleración inesperada y la mirada libidinosa buscando el culo de las mujeres. Una chica en legging, otro bocinazo, se ríe y busca la complicidad de su cliente que está más preocupado por el ruido sospechoso del motor que por las curvas de las desconocidas. El mudancero aumenta una vez más el volumen de la música. ” Looosing my religion ” grita el parlante. Él marca el ritmo con su mano derecha en la palanca de velocidades cubierta de falsa peluca. Ahora llegan al barrio de Chacarita. Afuera Buenos Aires no parece afectado por el paso del bólido. El gato sigue retorciéndose, asustado por las vibraciones de los altavoces.

Un ojo al retrovisor, un brusco volantazo, una aceleración inesperada y la mirada libidinosa buscando el culo de las mujeres.

El mudancero se apura porque tiene otro servicio en un barrio vecino. Descarga el camión lanzando los objetos a su empleado. El mudancero es testigo del cambio de vida de sus clientes. Tiene un opinión sobre esto y también en materia inmobiliaria. “Muy bueno chicos, un buen cambio.” Pero ésta no es tan grande como su propia casa con sus tres terrazas y un techo de 130 m2. El mudancero cobra barato. Agarra el fajo de billetes y lo mete en el bolsillo. Sale a toda velocidad con el F100 vacío y deja a sus clientes atónitos, en medio de las cajas y de los muebles todavía marcados por sus patadas.