Extranjera en la ciudad – 1/3

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Extranjera en la ciudad – 1/3

La entrada de la Dirección Nacional de Migraciones | Foto: A. Labadie

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CAPÍTULO 1

EL CAMINO DEL ORIGEN

 

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Aunque parezca mentira, me gusta ir a la Dirección Nacional de Migraciones. Tengo que presentarme cada año durante tres años seguidos para cumplir con el trámite de autorización de residencia en el país.

 

LA TRASTIENDA DE LA CIUDAD

A pesar de la pesadez administrativa, a mí me gusta ir allá, pasar por la trastienda de la ciudad. Empezar el recorrido en el barrio de Retiro, donde se mezcla todos los mundos: la fachada opulenta de la estación de ferrocarril, la torre altísima del Hotel Sheraton, y al fondo en el sentido opuesto al hotel internacional, las casuchas de la villa 31. Para ir hasta la Dirección Nacional de Migraciones hay que pasar entre la estación y el gran hotel, y después por varias vías de tren y algunas intersecciones complejas. Hay muchos semáforos y poco tiempo para cruzar, una gasolinera y sobretodo mucho mucho tráfico. Autobuses, camiones de todos tipos, grandes chicos largos con containers de varias toneladas. Estos últimos van al puerto. La actividad feroz, implacable, incesante de una colmena. Bocinas, humo, rugido de motor. En ese quilombo el peatón zigzaguea entre los autos. Como siempre quedo fascinada por la vitalidad del lugar. No es el más lindo de Buenos Aires, pero sí el más real, con todas sus contradicciones: el lujo de los rascacielos con vista a la más grande pobreza de la villa miseria. Para mí es el paso obligatorio para residir en el país, una especie de camino iniciático.

 

Para mí es el paso obligatorio para residir en el país, una especie de camino iniciático.

 

 Pienso en eso mientras voy cruzando la vía de tren, de un tren que nunca pasa. No hay barrera ni señales ni semáforos. No se sabe si está abandonada o no. Esquivo el barro por la vereda que tampoco sabe si quiere ser vereda o no. En el frescor de la mañana el olorcito de un anticucho me hace cosquillas en las narinas. Una señora peruana vende comida de su país, acá en la calle, en una plancha negra quemada por el uso. No quisiera que esta vitalidad desaparezca, imagino que no será la opinión del camionero que recién esperó veinte minutos en medio de un atasco. El cambio es inevitable para una ciudad tan grande como Buenos Aires. Se tiene que mejorar el acceso al puerto, modernizarlo, hacerlo digno de las grandes capitales del mundo. Su esencia pronto será borrada por alguna solución aseptizada y globalizada. De hecho, mientras avanzo ya veo a lo lejos los carteles naranjas indicando obras. Ya empezaron a escavar. Añaden caos al caos, ya no hay un limite claro entre vereda y calzada.

 

 

EXTRANJEROS DE AYER Y HOY

 

Después de la señora de la brochette, me encuentro con otras que proponen en unos canastos especialidades de Paraguay, Ecuador, Venezuela, un chico lleva un cartelito “te hacemos fotos 4×4” “sacamos turno de migraciones por Internet”. No es necesario preguntar, ya me estoy acercando de la meta. Dejo a la izquierda, a lo lejos, la entrada al puerto, donde se amontonan los camiones y los containers. Ahora sigo los edificios ultra modernos de las Catalinas, del otro lado de la vía de tren. Cruzo la última calle, y me acerco un poco más al Río de la Plata, aunque no lo pueda ver. Por las calles antes desiertas ya vislumbro varios transeuntes. Todos vamos en la misma dirección. Algunos son muy formales con camisa y una carpeta bajo el brazo, otros, menos acostumbrados a manejar documentos, llevan todos los documentos en un simple folio.

 

 

Ya llego al edificio de la Direccion Nacional de Migraciones. Llego donde todo empezó. Este lugar tan abandonado, tan marginal de la ciudad es sin embargo el origen de todo. La Dirección Nacional de Migraciones está donde siempre se recibió a los recién llegados, cuando bajaban del barco. Es el origen de muchos de los porteños.La Virgen de la Bonaria, discreta, frente a la puerta, va bendiciendo los pasos de quienes cruzamos. Es la patrona de los navegantes, la que dió el nombre a la ciudad. En el corazón del complejo, se encuentra un parquecito. El silencio y la paz de los jacarandás, ceibos, palmeras, horneros y zorzales marcan un contraste fuerte con el exterior. Acá bajo las sombras de los árboles autóctonos, todas las razas del mundo están reunidas. Me encuentro con un asático, un hombre andino de tez cobriza, un anglosajón rubio. Al fondo está el antiguo hotel de inmigrantes, construido a principios del siglo XX. Allá voy, allá atienden a los extranjeros No mercosur, en el antiguo comedor.

 

 

 

La Dirección Nacional de Migraciones está donde siempre se recibió a los recién llegados, cuando bajaban del barco

 

 

Siempre me siento un poco emocionada. Los peldaños de las escaleras están marcados por los pasos de miles de europeos antes de mí. El mármol se deformó de tanto pisar y pisar… De alguna manera, estoy en el corazón de la ciudad, de su historia reciente y pocos le dan la importancia que se merece. ¿ Cuántos porteños conocen este lugar ? Allí, hay también un museo de la Inmigración. Esperanzas, ilusiones, sufrimientos, todo eso traian con ellos aquellos extranjeros, me cuenta el guardia de las colecciones, mientras charlo con él para hacer tiempo.  Y pienso que para muchos de los que están en la fila allí abajo esto será también verdad hoy día.

 

 

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Fotos : A. Labadie