Extranjera en la ciudad – 2/3

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Extranjera en la ciudad – 3/3
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Extranjera en la ciudad – 2/3

El parque de la Dirección Nacional de Migraciones. | Foto: A.Labadie

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CAPÍTULO 2 

ES TERRIBLE SER EXTRANJERO

 

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– Disculpeme señorita

Alzo la mirada, apartándola del libro que estoy leyendo. Me senté al pie de una palmera en el parquecito de la Dirección Nacional de Migraciones, esperando que me atiendan. La señora que me habló tiene una edad imposible de determinar. Aunque intuyo por su rostro marcado por la vida que debe de ser más joven de lo que parece.

 

– Me ayudaría con este formulario, señorita ?

Me presenta dos hojas dactilografiadas. Me pide escribir en un formulario vacío el texto impreso en la otra página. La miro atónita. Ella se balancea de un pie a otro, atenta a mi respuesta. Entiendo porque se me acercó. Una chica leyendo debajo de un árbol le debió parecer letrada además de inofensiva. Sorprendida, balbuceo : ” ¿Es sólo copiar? ” La simplicidad del ejercicio me deja incómoda, y no sé como reaccionar. Hay tantas cosas así, que una da por hecho y no siempre corresponden a la realidad.

– Puedo leer señorita, pero escribir bien, no mucho.

Con su mirada entiendo que sería indecente de mi parte hacerle más preguntas. Me callo y le sonrío para tranquilizarla : no voy a buscar más explicación. Cumplo con mi función de secretaria, aplicándome con mi mejor letra. La carta es un reclamo para obtener el DNI electrónico – ya van varios años que entró en vigor. Ella me cuenta que viene de Bolivia, que hace meses que la tienen con esto del nuevo DNI, que es muy compleja la administración, que no es fácil para ella venir hasta acá y que espera poder resolverlo ahora.

– Eso de ser extranjero es terrible , concluye, con la voz triste.

 

Yo uso a propósito el usted para dirigirme hacia ella, para marcar respeto. Tal vez en castellano el tuteo no suena tan irrespetuoso y puse una distancia entre nosotras sin querer. Bueno, más bien, añadí distancia a la que ya existe. Ella me observa con una especie de admiración, por este libro que tengo entre las manos. Intento actuar como si nada, pero no me sale, termino siendo condescendiente.

– Acá le pide una dirección de mail

Le digo eso y me arrepiento inmediatamente.

– Uuuy eso no tengo, contesta preocupada.

Ella termina firmando la hoja con mano insegura. Lo que nos une es que somos extranjeras en este país. Con unos requisitos que a ella le resultan muy complicados y a mi no tanto, y unos trámites que le pide un esfuerzo mayor que a mí.

-Vino a la Argentina por trabajo también?

Me pregunta y no sé que contestar.

 

 

Es terrible ser extranjero. Sigo pensando en esto mientras la veo alejarse, con su formulario listo para entregar. Pienso en los motivos que me llevaron a mí a vivir acá. Ser extranjera me hace ver la vida desde otro lugar. Hoy es un llamado a la humildad.

Me quedo reflexionando mientras voy a la fila de “preguntas generales” donde me terminó mandando el mismo funcionario que me hizo esperar un rato en el jardín. La fila es común a todos.
Me encuentro en medio de mujeres andinas de trenzas largas y negras, hay un viejito en silla de ruedas, unos bebés en brazos, muchos niños: algunos correteando entre la gente, otros tranquilos de la mano de sus mamás. Veo a un hombre de negocio en traje y corbata, a otro señor con las manos ásperas de trabajador manual, una treintiañera española muy chic que saca la lengua cuando pronuncia las z, algunos estudiantes colombianos. Todos somos extranjeros acá. Para el resto de los trámites, la fila se divide en dos edificios separados : Mercosur y No Mercosur. Y a mi ahora me toca cruzar del otro lado del jardín, hacia la parte más antigua, el antiguo comedor del hotel de inmigrantes.

 

 

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