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Fogones que invitan a festejar 2/2

Barquitos morones con huevos. | Foto : A. Labadie

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Soñaba con pasar un Año Nuevo diferente. Un Año Nuevo en un lugar fuera de lo común. Llegué por casualidad a un rinconcito de la Provincia de Buenos Aires, con un nombre extraño y poético. Punta del Indio.

 

CAPÍTULO 2

La luz de las llamas

 

Para leer el 1º capítulo: hacé clic acá

 

Cuando ya vuelvo a mi soledad después del festejo y de estos vínculos esbozados a la vera de las llamas, me pregunto lo que hubiera sido la fiesta sin el fuego… Más allá de la presencia del asador, el verdadero protagonista era ella, era la fogata. 

Los días siguientes, gracias a ella se revela lo que constituye la esencia de la vida argentina: la comunidad. Para calentar el agua del maté que se comparte en el desayuno, para crear nuevas experiencias gastronómicas… Pollito en salsa al disco, una especie de olla grande con pie, o barquitos son morrones (o pimientos) a la parrilla con un huevo dentro.

 

Foto : A. Labadie

 Músicos de la tierra

Facundo y Nicolás nos acompañan con la guitarra. El primero, apodado cariñosamente “el Colo” ( por su pelo colorado, pelirrojo ) nació y creció a unos pocos kilómetros de Punta Indio. Su actividad de músico profesional lo llevó a vivir a la capital, pero no deja de ser un artista “estilo del campo”. Entre la sofisticación de la academia y la sencillez de la tierra, va sembrando en la noche canciones populares y música folklórica. Se sienta melancólicamente frente a las llamas, ensimismado, y en los acentos de su instrumento se vislumbran las fogatas de los gauchos, la soledad de la Pampa y la inmensidad infinita de sus pagos.

Nico en cambio es un artista urbano, el porteño por excelencia, nacido por los barrios Sur de Buenos Aires, como el Tango. Es un género que controla perfectamente, pero no será por sus orígenes porque también sabe de sambas brasileiras. Toca de pie y parece que pasea sus canciones. Se desplaza en medio de su público y mira a cada uno a los ojos para animarle a cantar… Nadie escapa a su mirada hipnótica y sin saber cómo, una se sorprende canturreando un tema sin siquiera conocer la letra, como este vals.  “los años de la infancia pasaron, pasaron… nananana  pedacito de cielo…nananana nanana”

Fogata, música, guitarras… Así cambié de año, en Punta Indio, cerca del Río de la Plata en medio de la Pampa. Y  creo que, como dice una hermosa zamba, de estos días “traigo mil canciones como leñitas secas recuerdos de fogones que invitan matear”.