Las cosas francesas que extraño

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Las cosas francesas que extraño

El melón de Cavaillon, típica fruta del verano francés. | Foto: A. Labadie

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Con junio y julio, llega el tiempo de la nostalgia para una francesa en Argentina. Acá el invierno, allá el verano. Son los meses en que empiezo mi lista de cosas francesas que extraño.

 

Una mañana de invierno…

Otra vez la pastilla de jabón resbala. Da dos vueltas a la bañera con una velocidad impresionante, parece un ser vivo. Toma una trayectoria inesperada y no me puedo dar cuenta donde va a parar. Puteo. Es temprano por la mañana, estoy apurada. La agarro de un gesto rápido pero se escapa de nuevo, como un pez escurridizo. Tengo que recurrir a inumerables contorsiones para finalmente alcanzarla. Desde que vivo en Buenos Aires me acostumbré a bañarme con jabón en barra. El gel de baño existe, pero es mucho menos común. Elegí el jabón de glicerina más natural, más sano para la piel. Pero hoy extraño el gel de baño. Bueno, no. En realidad extraño mi gel de baño francés; no cualquiera sino el Petit Marseillais de leche de Almendras.

Tardo un instante en cerrar el agua caliente, después de enjuagarme. El cuarto de baño está helado. Hoy es un día de invierno porteño de los más deprimente, húmedo y gris. Agarro la toalla tiritando de frío, y me seco energicamente. Recuerdo el verano francés. Todavía estoy molesta por los saltos del jabón. Mientras empiezo a vestirme, pienso: “Gel de baño. Tengo que anotarlo en la lista “. La lista de productos para traer la próxima vez que vaya a Francia. Mi Lista: una de estas costumbres extrañas cuando vivís lejos de tu país. La voy armando con antelación, según la inspiración del momento, y en realidad, la futilidad de esos productos es proporcional a la cantidad de tiempo que llevo sin pisar el suelo galo. Estos objetos aparentemente insignificantes son el cotidiano que sabe a mi país, a mi pueblo, parte de mí identidad.

En realidad, el gel de ducha ya figuraba en mi lista la última vez, y no lo traje.

El jabón líquido no cambiara nada porque nunca mi historia, mis recuerdos y mi infancia podran caber en una valija.

 

 

El ritual del supermercado

 

Yogur natural

✔ Melón de Cavaillon

 

Cuando vuelvo a Francia, es como un ritual, acompaño mi madre al supermercado.

Seamos razonable, no tengo necesidad material de estos objetos.

Llevo conmigo la famosa lista que empecé semanas antes, incluso meses. Mi madre sabe a donde quiere ir, yo no lo puedo evitar, me paseo y voy a hacer un “tour” de la tienda. Me maravillo con cualquier cosa. Miraaa… Hay panceta por todos lados y está cortada en daditos y se vende en una caja de plástico al lado de los lácteos. Ohhh manteca salada, fromage blanc, un montón un mooontón de yogur natural. Es como si guiara mi monólogo interior un muñequito feliz pegando saltos de alegría. Me emociono ante el mínimo detalle. Una mirada de amor al melón de Cavaillon, de color naranja, tan difícil de encontrar en Buenos Aires, una ojeada tierna a las galletas de mi infancia y ya me encuentro sacándoles fotos a los potes de mostaza.

Mostaza

✔ Pepinillos

Ese es la góndola que más me gusta, la de la mostaza. No la mostaza americana, sino la moutarde de Dijon, tradición de una región de mi país, la Borgoña. Tardé un poco en apreciar este sector como se merece. Me tomó un par de viajes entender que en estas estanterías, hay algo de esencial de la vida de mi país, tan profundo que ni lo veía. Éste es el lugar de l’apéro, la picada a la francesa. Con tapenade, pastita de aceituna típica del Sur de Francia. Y pepinillos, muchos pepinillos en vinagre. Pepinillos y moztaza. No me acordaba hasta que punto estos dos elementos van de la mano y no pueden faltar en las heladeras de cualquier hogar francés. Pepinillos con fiambre para hacer sandwichitos. Mostaza con carne fría. La mostaza es lo que más espacio ocupa en los estantes, casi media fila, por sus envases diferentes. De cualquier marca que sea, todos son de vidrio y acá es costumbre que se reutilize después como vaso. Vaso de whisky, copa elegante y incluso una versión más infantil, con los dibujos animados del momento. Todos los niños, de cualquier familia francesa, habrán tenido al menos uno de estos vasos. Dejo de soñar: es hora de elegir el pote más práctico para llevar en el avión. Y saco un par de fotos discretamente cuando estoy segura de encontrarme sola.

Me tomó un par de viajes entender que en estas estanterías, hay algo de esencial de la vida de mi país, tan profundo que ni lo veía.

 

  Chocolate negro 80 % de cacao

Estoy rumbo al pasillo del chocolate. Esta góndola es una maravilla para mí, chocoadicta gourmet. Mi mano se pasea entre las distintas cajas. Se detiene un instante delante de un elefante, logo de una marca belga, y después en un potrito saltarín, el de una marca francesa, de las más populares acá. Esta última nunca faltaba en casa de mis tíos. Guardaban el chocolate en un cestito de mimbre en la alacena de la cocina. Con mis primas, solíamos comerlo para merendar en una rebanada de pan untada con manteca salada. Sí, con meriendas sin dulce de leche, así transcurrió mi infancia… En Francia no existe. Nada? Nada!

 

La incomprensión ajena

Queso

Gel de baño

Mi madre me pidió que vaya yendo hasta las cajas y que sólo le falta comprar queso. Oh, el queso no se puede olvidar en un supermercado francés. Es el producto estrella, ubicado en tres lugares differentes de la tienda, de los más artesanales hasta los más industriales. Ya fuí a pasear por este lado.

Estoy en la fila y mi mamá se reúne conmigo un rato después. Mientras esperamos nuestro turno, echa una mirada a mi canasto. “Qué, ¿vas a comprar mostaza? Pero en Argentina ,¿ no hay ?” Va revolviendo las cosas y descubre mi tesoro de chocolate. Unas tabletas de lujo, negro con 80% y 90% de cacao, las del elefante edición especial con avellana y edición común con leche y finalmente la oferta clásica de 3 tabletas de la marca del potrito. Con el cacao nunca me puedo controlar… ” Jooooo Chocolate? No me vas a decir que chocolate allá no hay? ” Resisto estoícamente a los comentarios. Sí, hay chocolate. Pero no del 80%, no de estas marcas. No, estos suizos y belgas no llegan al mercado sudamericano.

Prefiero ni contarle a mi mamá que tenía planeado embarcar en el avión con unos cuántos litros de gel de baño.

Prefiero ni contarle que tenía planeado embarcar en el avión con unos cuántos litros de gel de baño. En el último momento, pasé por el sector perfumería. Poco jabón en barra. Cuestión de costumbre. Una mirada a mi alrededor. Estoy sola. Agarro el Petit Marseillais, abro la tapa y huelo. Hago lo mismo con algunos desodorantes y observo los recuerdos que me traen. Unas vacaciones a la playa, primeros años de la facultad. Éste lo llevaba siempre en la mochila una amiga de la secundaria. Es rojo, de la marca Ushuaïa. Sonrío, ahora sé que es una ciudad en Argentina. El gel de ducha es lo menos justificable de toda mi lista de caprichos. “No lo compro, es ridículo “. Y es así, con este “es ridículo”, que me encuentro acá, meses más tarde resbalando en la ducha para agarrar un jabón rebelde. Ahora a unos 10 000 kms este simple producto toma un valor considerable.

Pero seamos razonable, no tengo necesidad material de estos objetos. El jabón líquido no cambiara nada, en medio de un frío día de invierno, porque nunca mi historia, mis recuerdos y mi infancia podran caber en una valija.