El parque, paréntesis en Buenos Aires 1/2

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El parque, paréntesis en Buenos Aires 1/2

Vegetación del parque Centenario | Foto: A. Labadie

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CAPÍTULO 1

MI REFUGIO VERDE

 

Para leer el 2º capitulo : hacer clic acá

 

Es todavía temprano. Todo está quieto. Recién pasé las rejas de la entrada y me instalé. Elegí mi árbol, como siempre un tipa, porque las hojas secas de los pinos suelen tener espinas. Ahora me acomodo tranquilamente, primero la mantita en el suelo, luego mi mochila y todo lo que traigo: el cuaderno y la birome que nunca pueden faltar, un libro para leer o lana para tejer según el día, la cámara de foto, la botellita de agua, el mate a veces.

Me gusta ir al parque. Forma parte de mi cotidiano porteño. Antes lo despreciaba. Lo veia como una especie de naturaleza en lata, premasticada para citadinos apurados, una ilusión de ” campo “. Pero hoy para mí el parque es vida, es aire clorofilizado, es sombra y frescor en verano, es relajo con fondo sonoro de quilombo urbano.

Mi lugar de desconexión y de paz. El puesto de observación ideal.
Es un momento privilegiado para escuchar los pájaros o el viento en las hojas, para apoyarse en la corteza arrugada de un árbol, para sentir en mis piernas desnudas y estiradas las cosquillas de una araña, para saborear el frescor del pasto, con este ligero final agrio, típico de los bosques urbanos. Esto será olor a… pis? Sí, seguramente y a pesar de tener plena consciencia de ello, volveré bajo las ramas de los tipas.

 

El sutil exotismo de la naturaleza

 

Alzo la mirada buscando la imagen de una hojita mecida por la brisa ligera de la mañana y tomo una gran bocanada de aire.

Observar los árboles me conecta con el ritmo de mi propia respiración.

Mirar los árboles de mi pueblo en Francia me conecta con mis raíces.

Mirar los árboles del Parque Centenario en cambio me conecta con mi propia libertad.

 

Con un follaje parecido al de las acacias pero con unas ramas sorprendentemente tortuosas, los tipas tienen una pizca de exotismo – ligera, a penas perceptible – este sútil sabor a algo diferente, que los hacen a la vez cercanos y lejanos. El panorama que contemplo sigue extraño aunque me esté acostumbrando a ello. Todo es tan distinto para mí, incluso en el perímetro reducido de un espacio verde, tan lejos de mis referencias.

Primero están las plantas genuinamente argentinas y totalmente desconocidas para mí: el palo borracho y su tronco deformado, el ceibo amante de las riberas del río, el ombú orgullo de la pampa. Todos están presentes en el parque. En primavera y verano es un festival de colores: las flores rosas enormes y delicadas del palo borracho, los racimos violetas del jacaranda, las ” crestitas ” rojas del ceibo. También están las plantas que sí conocía pero con otras proporciones. Los ficus o los gomeros en Francia ornan el interior de las casas, no las veredas, con una altura de un metro, un metro cincuenta como mucho. Acá crecen majestuosos, enormes, como los malvones que trepan como yedra en las fachadas. A veces, me dejo deslumbrar por la exuberancia de la naturaleza y me siento infinitamente agredecida de estar acá.

El parque es mi único contacto directo con la tierra, la Pachamama, el origen.

Antes de abrir mi libro, o agarrar el lápiz, siempre miro a mi alrededor. Puedo quedarme unos largos minutos así, empapándome del entorno tan verde, sólo son matices de verde: la grama bajo mis pies, los arbustos, el agua del lago color musgo. No está pasando nada relevante, sólo se aprecia el borboteo de la vida misma, y es precisamente lo que busco, en medio de la velocidad de la ciudad. Se escuchan unas cotorras armando lío en su nido ahí arriba o el canto a duo estridente de una pareja de horneros reforzando su amor.

 

Todo es tan distinto para mí, incluso en el perímetro reducido de un espacio verde, tan lejos de mis referencias.

 

Oh! pero esta cosa que trepa en mi cuello… que será? Una hormiga! Queeeé, esta cosa enorme que tengo en mi mano, con esta panza marron, es SÓLO una hormiga? Esta vez un simple bichito trepador me recuerda paradojicamente que “todo es más grande en América”. Esta extraña constatación de mis primeros meses queda siempre vigente.

Ayer llovió. De estas tormentas de verano con espesas cortinas de lluvia que sólo se encuentran acá. El pasto es más barroso y más verde y los zorzales comparten espacio con las cotorras. Una paloma picazuro viene a beber en el charco que se formó. Saqué la cámara muy despacito y me armo de paciencia para hacerle una foto a este movimiento de cabeza tan insólito que tiene. Alguna vez – era una mañana con más silencio que otra – reconocí unos carpinteros paseando timidamente en una canaleta, alejados de los demás. Muy pocas veces, porque es discreto y escuridizo, ví un colibrí libar el nectar de una flor. La fascinación y la emoción ante este momento fugaz quedan intactos.