Polémica en la cocina – 1/3
10 diciembre, 2017
Polémica en la cocina – 3/3
10 diciembre, 2017

Polémica en la cocina – 2/3

La gata Bardot en la cocina | Foto: A.Labadie

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La gata Bardot así nombrada en honor a la actriz Brigitte Bardot…

…es el testigo discreto de la convivencia entre un argentino y una francesa. Nos cuenta los secretos del cotidiano culinario de este hogar.

 

Capítulo 2: Al mediodia, la carne

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Él agarró la plancha, orgulloso de haber encontrado una solución a la eterna pregunta : ¿Qué comemos hoy? Sus ojos se iluminaron cuando declaró:  Hacemos unos patys y a la mierda. Elle entiende que va a comer hamburguesas – llamadas así por el nombre de una marca local – pero no mide la dimensión sagrada que tiene la carne en este país. Incluso bajo la forma elemental de un paty  es objeto de respeto, casí de devoción.

Su preparación, en su aspecto más ritual (es decir un asado), implica el fuego, implica la brasa, implica una forma de virilidad nacional que pasa por el carbón y las llamas. En Argentina, un hombre, un verdadero hombre, sabe hacer fuego; hace fuego con cualquier cosa: con una cerilla y un trozo de papel, con leña, con lo que tenga a mano. Este mediodia, en la cocina, el macho está acá sin poder demostrar todo su potencial nacional, por falta de parrilla y de carbón. Está relegado a supervisar la llama azul del gaz, atento al chisporroteo de la grasa, tenedor en mano.

 

Ella no mide la dimensión sagrada que tiene la carne en este país.

 

Para ella, las ocasiones especiales con hamburguesas se limitan al menú steak/frites (hamburguesas con papas rejillas) del restaurante del supermercado Géant Casino. Durante un instante, incluso debe recordar al cocinero de la cafeteria, preguntándole en medio del alborroto de la gente: ¿Cómo quiere su hamburguesa Señorita?. Seguramente por eso, por pura costumbre, pide: Poco hecha la carne, por favor. El tenedor se quedó en el aire y ella se enfrenta a un argentino choqueado. ¿Cómo? ¿querés comerla así? ¿Roja por dentro? Él, de repente, parece dudar de la salud mental de su pareja. Cuando la carne suele ser tierna como es el caso acá, se puede cocer al máximo sin que pierda su jugosidad. El paty obviamente es un asunto más básico, pero la ley de la cocción se aplica igual. Ella intenta protestar con datos nutricionales – como el del hierro que falta a las mujeres en edad fértil – argumentos que le inculcaron cuando era más joven.

La carne poca hecha es mala para la salud, le contesta él.
Tiene la autoridad y la legitimidad del país de la carne. Desde que ella vive acá, empezó a romper este prejuicio y come la carne la más cocida posible, pero con los patys a veces intenta persuadirlo del contrario. Esta vez, el argumento sanitario dío en el blanco. Hay que matar a las bacterias. Entonces se resigna pero lo disfruta, igual que con “el matambre a la pizza”. Una rareza que la choca un poco, mueve sus hábitos: la carne, como si fuera masa de pan se unta con muzzarela, e incluso jamón y salsa de tomate. Hay que reconocer que en este asunto él supo convencerla. Le pone queso pero también provenzal o merken, ají ahumado. Ella ya no lo rechaza, pero no puede dejar de idignarse un poco, sólo por la forma, para no confesar que en realidad le termina gustando.

 

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