5 Señales del verano en Buenos Aires

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5 Señales del verano en Buenos Aires

Soleil écrasant de l'été dans les rues de Buenos Aires | Photo : A. Labadie

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3 momentos cotidianos , 5 detalles que indican que ya llegó el verano en Buenos Aires. Antes de leer esta crónica, ponganse a la sombra con un buen refresco o un helado. Sólo con estas lineas se van a derretir de calor…

 

1. Las gotas del aire acondicionado

Me estoy mirando las uñas de los pies, satisfecha. Este esmalte frambuesa queda mucho mejor que el rosa clarito que había elegido al principio. Con estas sandalias nuevas, mis pies parecen criaturas vivas y alegres. Hoy estrené sandalias y pollerita para ir al centro hacer un trámite. Me resulta extraño sentir, por primera vez en mucho tiempo, mis piernas desnudas en el aire. La voz ronca de una moto detrás de mí. Un semáforo pasó en verde y todos los autos acceleran al mismo tiempo, el último más apurado que los demás da dos o tres bocinazos febriles. Los edificios son altos y las calles estrechas. Mucho hormigón en tan poca superficie: el calor se concentra más acá que en cualquier otro lugar de la ciudad.

Decido buscar una vereda más aparatada del sol, donde los balcones den un poco de sombra. Una gotita me cae en el brazo. Levanto la cabeza pensando que tal vez sea una paloma. No veo nada. Sólo es agua. Una segunda gota en la muñeca. Otra vez, miro para arriba. La tercera gota está en camino y la recibo justo debajo del ojo derecho. Sacudo la cabeza, sorprendida. En cada balcón distinguo una gran caja metálica y un tubo blanco que sale de la fachada. Los aires acondicionados distribuyen viento fresco a los empleados de las oficinas y agua tibia a los peatones.

Voy caminando y siguen cayendo más gotas. En el hombro, en el cuello, en el mentón, en la frente…

Voy caminando y siguen cayendo más gotas. En el hombro, en el cuello, en el mentón, en la frente… No puedo evitar secarme inmediatamente con la mano para deshacerme de esta sensación desagradable de suciedad. Mis dedos frambruesas pasean sobre charquitos que se forman en la vereda. No charquitos de agua estancada, sino de agua que se desliza poco a poco, dejando una larga marca negra en las junturas de las baldosas, entre los cuadraditos del pavimento. Estas gotas de agua, esta llovizna sin nubes, son el anuncio del verano en Buenos Aires. Más adelante se vienen el sobreconsumo y los cortes de luz. El sistema eléctrico no podrá aguantar tanta ansia de frío de los porteños.

 

2. El vapor de una olla presión  &   3. La siesta

El sol ya es alto cuando salgo de casa, pero no es esto lo que me estremece la piel. Pisar la vereda es como entrar en una nube de vapor, como si a cada paso penetrara en el interior de una olla a presión. La humedad tibia lo envuelve todo y al poco tiempo estoy hecha puro sudor. Puro líquido que resbala entre los omóplatos. Ahora es el mediodía y estoy de vuelta. Es la hora de la siesta.

Voy cruzando Parque Chas, calles adentro, lejos de las grandes avenidas. Todo queda inmovil, como suspenso en el aire. No encuentro sombra en esta barrio tradicional porteño, de casitas bajas con terraza en el techo, todas diferentes y parecidas a la vez. No veo a nadie. Sólo se adivina la presencia humana por una puerta entornada, el rumor de una escoba barriendo, una radio encendida. Echo una mirada curiosa por una ventana abierta. Detrás de la pieza oscura y fresca se percibe la claridad de un patio de paredes blancas, lleno de luz y de plantas. Y anhelo estar allá, entre los potus, dormitando en una reposera.

 

4. Las cigarras &  5. El olor a carne asada

Ahora las cigarras están quietas, suelen cantar más fuerte a la hora de la siesta. Aunque no siempre lo hacen, acá, en la ciudad. Las cigarras de Buenos Aires son diferentes de las del Sur de Francia. Su grito es uno solo, largo, que sube como una sirena. Pero cuando empiezan es un canto igual de cansino. Ya está cayendo la noche y se callaron. A pesar de la temperatura que desprende todavía la calzada, el aire es suave y tibio.

El canto de las cigarras de Buenos Aires es diferente de las del Sur de Francia.

Estoy regando las plantas de mi terraza. El malvón blanco es mi punto de referencia en la media oscuridad. Parece que la vida vuelve a la ciudad. A esta hora, el panadero en frente cerró el negocio, instaló unas sillas en la vereda y se reunió con los vecinos. Se escuchan sus voces, unas risas, un niño correteando y pegando gritos agudos. La albahaca recién regada me agradece con su perfume, se mezcla con el de la menta, que acaricié con la yema de los dedos.

Se levanta un ligera brisa, un viento a penas perceptible. Trae más risas, más vocerío, hay más gente afuera aunque no los pueda ver desde donde estoy. Pero sobretodo trae aquel olorcito, el olor a carne asada. Sin saber por qué me pone contenta. Me recuerda a vacaciones y a fiestas en mi pueblo. En Buenos Aires es el olor del verano por excelencia, el olor de la ciudad cuando el tiempo está lindo.